Dramaturgia de Florencia Aroldi. Dirección de Antonio Célico.
Viernes 20 hs en El Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1072).
Hay actores que dejan una huella imborrable en su época y que, aun después de su partida, permanecen vivos en el recuerdo y el corazón de la gente. Alberto Olmedo fue uno de ellos, un cómico extraordinariamente popular que marcó una época en la televisión argentina, desde sus comienzos con el querido Capitán Piluso, junto a Coquito, hasta el éxito de programas inolvidables como No toca botón, además de sus recordadas películas junto a Jorge Porcel. Un artista que supo ganarse el cariño de varias generaciones y cuya figura sigue muy presente en nuestra cultura.
En este sentido, resulta muy valioso que el teatro independiente se anime a homenajear a ídolos populares de semejante dimensión. La propuesta de Florencia Aroldi demuestra que no siempre hacen falta grandes producciones ni grandes despliegues para alcanzar excelentes resultados. Una buena historia, una idea atractiva y el trabajo comprometido de sus intérpretes pueden ser suficientes para construir una experiencia teatral que conecte con el público y recupere la memoria de una figura tan querida.
La historia nos presenta a un hombre que cree ser Alberto Olmedo y que, por disposición de la Justicia, debe asistir a sesiones con una psicóloga como parte de una especie de probation. A partir de estos encuentros se construye un vínculo particular entre ellos, con diálogos y situaciones en los que la ficción y la realidad comienzan a confundirse. La obra encuentra
en ese juego su principal atractivo y nos invita a reencontrarnos con el universo del cómico desde el humor, sin necesidad de recurrir a golpes bajos ni profundizar en los aspectos más oscuros de su vida.
Es momento de destacar la magnífica composición de Manuel Longueira, que sorprende por su parecido físico con Olmedo. Su risa, sus miradas, sus movimientos y su manera de desenvolverse en el escenario nos llevan a reconocer al querido cómico. Realmente, por momentos sentimos que estamos viendo al propio Olmedo en escena. A esto se suma su manejo del público y los momentos en los que rompe la cuarta pared, redondeando una actuación magnífica.
Pero Manuel no está solo en escena. Lo acompaña Jessica Schultz como la bella e inteligente Dra. Jouvet. Jessica demuestra su enorme oficio como actriz y una gran presencia escénica, componiendo a la psicóloga con solvencia y naturalidad, con matices que enriquecen a su personaje. La dupla protagónica funciona de maravillas y resulta sumamente atractiva para el público.
La puesta acompaña muy bien el espíritu de la obra. Se destaca el excelente vestuario de Alejandro Mateo, fundamental para la caracterización del capo cómico y que reserva una gran sorpresa para el final, involucrando también a la psicóloga. Alejandro también está a cargo de un diseño escenográfico cálido que contribuye a generar una atmósfera cercana. La propuesta de Antonio Célico es íntima y encuentra en esa cercanía una de sus fortalezas, logrando conectar con el público sin necesidad de grandes despliegues.
Pero Yo, Olmedo no se queda solamente en la recreación de un personaje popular. También nos invita a recordar la cercanía que Alberto Olmedo supo construir con la gente, esa capacidad de entrar en los hogares y convertirse en parte de la vida cotidiana de millones de argentinos. Su humor, sus personajes y sus ocurrencias marcaron a toda una generación, y su figura sigue despertando cariño incluso en quienes no llegaron a verlo en sus años de mayor popularidad.
Y hasta acá vamos a contar. Solo nos queda recomendar Yo, Olmedo, una propuesta que rinde homenaje a uno de los grandes cómicos argentinos a través de una historia entretenida, entrañables actuaciones y una puesta que nos acerca a un artista inolvidable. Una oportunidad para disfrutar de una noche entrañable y volver a casa con una enorme sonrisa dibujada en el rostro, recordando al gran Negro Olmedo.
Pensador Teatral.




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